Son recuerdos,
objetos perdidos de gente
que encontramos por el camino.
Son historias pasadas
atrapadas por las huellas dactilares
que conforman una memoria.
Son las cosas
que un día dejan de servirnos
y se convierten en desechos.
Son las cosas
que hoy nos negamos a soltar
porque todavía nos queremos.

Son la vida
y la muerte cuando se olvidan.

Son el amor
y la miseria de mantenerlo.
No es sólo tu ausencia,
es tu sonrisa
tu mirada
tus manos
-sabes que tengo
un pacto de tacto
con tus manos-
tu forma de darme
las gracias
mi forma de quitarte
los años
y la ropa.

No es sólo tu ausencia,
es que aún no te has ido
y ya te echo de menos.
Diálogo breve con la poesía.
- Me gusta cuando callas 
porque estás como ausente.
- Vete a la mierda.
Sucede, es cierto.

Algunas veces la distancia es mayor
de lo que parece.
Algunas veces lloro porque me emociona
el llanto de mi abuela.

Algunas veces me soporto con paciencia
y luego ya no.
Algunas veces los abrazos desde España
suenan a consuelo.

Sucede, la poesía 
se me escapa de las manos
algunas veces.
Tengo que creer en mí
porque no hay dios que me entienda.
Arrancarme las raíces
-donde sea que estén-
y crecer fuerte, crecer humilde,
pero de paso, crecer.
Quiero pensarme mucho
hasta el punto de poder 
quererme.
Quiero explotar, afectarme,
ver que soy capaz de apagarme 
y reconstruirme.
Quiero escribirme con 
puntos suspensivos para que 
cada pausa merezca mi risa.
Debería creer en mí
ahora que tengo voz y voto,
miles de preguntas
-quizás-
unas cuantas vidas
por delante por dejar atrás.
Una rama se me rompió
anoche mientras diluviaba.
La barbarie ha entrado en casa,
empapada.
Bienvenida,
soy yo misma.
A Aída

Me cuentan un secreto
que siento que ya conocía.
En la calle aún quedan
tres gatos y la lluvia.

Mereces un cuento
sin hadas y con magia,
de esos que escuecen
porque nunca acaban
porque son de verdad
porque se inventan solos.

Va a quedar, por fin,
la prueba de que existes.
Nunca es tarde para gritar,
morderte las uñas,
depilarte las cejas,
cantar a la luna,
leer a Tolstoi o a Borges.

El final abierto,
la respuesta que
nunca llega.

En casa seguirá el ruido,
pero tú estarás viviendo
y eso sí lo sabes.

El mejor secreto es aquel
que se cuenta con la mirada.
En la calle aún quedan
tres borrachos y la lluvia.

Tómate tu tiempo y escribe
ese desenlace perfecto
de esos que escuecen
porque son excitantes
porque son obras maestras
porque se inventan solos.
Hoy te he soñado distinto:
eras más alto
estabas más canoso
sonreías
hablabas sin parar
-apenas en susurros-
y me recitabas versos,
no sé si para enamorarme
o para complacerme
(tampoco importa, 
era sólo un sueño).
Yo te miraba a los ojos,
observaba tu boca,
tus gestos
y eras tan distinto
que seguías siendo tú,
el de ahora,
el de hace un rato
-peligroso, atento...-
fascinado por mí
pero nada más.

Nada más salvo esto:
el patético dilema 
entre el sueño y la realidad.