LAS LLAVES DE CASA


Lanzamos las llaves por la ventana.
Las llaves de casa.
La casa que me vio crecer y querer,
donde nunca hubo televisión,
los muebles eran pocos pero buenos
y el olor a incienso o a tabaco
anunciaba nuestra presencia.

Tiramos las llaves de casa
porque abrieron las puertas
de una ciudad que no es la mía
y que se parece al color gris,
aunque su gente me invitó a pasear
dándome una mano de color cálido
-algo parecido a la brisa del mar-.

Enterramos las llaves bajo tierra.
Las llaves de casa.
Ahora están sin cruz ni ataúd
ni oración que las represente:
la única oración es la memoria
acostumbrada al café matutino
y a las marcas en las paredes.

No me pertenecen ya esas llaves
ni esa casa, y yo
-que, de hecho, nunca les pertenecí-
sigo buscando otras puertas
que no abran jaulas tan engañosas,
sino habitaciones ventiladas de amor:
la única fuerza de gravedad real.


Quédate conmigo
aunque no sepas 
con quién estás.
Quédate conmigo
en otoño
con las luces apagadas
o con las persianas rotas.
Quédate conmigo
si engordo,
si adelgazo,
si me hago vegetariana
y me niego a probar 
el estofado de tu madre,
si cocino mal y tarde 
pero con la música 
a todo volumen...
Quédate conmigo 
y enséñame a bailar.

Duerme conmigo 
un rato y si ronco, 
quédate conmigo.

Quédate conmigo 
aunque no te guste 
la poesía, o mi poesía, 
aunque seas poeta 
y no quieras llamarte poeta,
escribe conmigo
"Quédate conmigo".
Cuando me escuches 
cantar en la ducha,
cuando mis cantautores 
te saquen de quicio,
cuando no sepas
cómo estoy,
cómo me llamo,
cómo te amo,
quédate conmigo.

Te lo dije.
Quédate conmigo.

Pero luego no digas 
que no estabas avisado.



Estoy buscando la poesía perfecta
que nos describa,
los versos precisos que definan este amor:
el soneto, la parábola,
la décima espinela, la metáfora…

Quiero acostarme con la rima
y al despertar,
que no le importe si voy maquillada o no
porque esta es mi historia
y aborrezco las superficialidades.

Y saber que Bécquer no se equivocaba:
poesía eres tú,
porque poesía sigo siendo yo
y en mis garabatos
el acento lo añades con tu desnudo.

Una vez, una niña, en un intento desesperado por asirse a otra materia, por notar la calidez de otro cuerpo, se abrazó con fuerza a su jarra de agua. Apretó los brazos, rodeando esa perfecta burbuja de cristal hasta el punto de querer hacerle añicos.
De repente, la jarra voló en mil pedazos y la niña quedó inmóvil, abrazando el agua. Todo su cuerpo se estremeció. Sus extremidades temblaban. El agua la bañó en un segundo y la niña pensó que no había nada más intenso que ese momento.

Así es como se dio cuenta de que, en realidad, el cuerpo que añoraba abrazar era el suyo.

Hoy me he levantado
de buen humor
he sacado al perro
y luego me he dado cuenta
de que no tengo
pero le he buscado tres pies al gato
para no tropezarme con ninguno
sin embargo ha hecho su efecto
porque he tropezado con mi cuarto

mandamiento:
“no serás víctima de nadie
ni de ti misma”

He pensado en mi psicólogo
y luego me he dado cuenta
de que tampoco tengo
así que quizás por eso estoy
menos loca que ayer
o quizás por eso enloqueceré
un poco más de la cuenta
no lo sé por eso creo
que mi psicólogo me abandonó
y no lo culpo pero yo
no me puedo abandonar
me he peinado para salir de fiesta
y me he ido a trabajar
-paradoja-
pero me gusta el día

está bonito,
soportar el tráfico de este
invernadero de asfalto

Me han entrado ganas
de comprar una botella de whisky
y luego me he dado cuenta
de que lo aborrezco
con lo cual me he tomado
un chocolate caliente que además
me ayuda a endulzar el cuento
y no suena tan destructivo

el mensaje cifrado
-en realidad me veo
de buen humor-

He subido al bus
para no perderme el camino
y por el camino me he perdido
sabiendo que no tengo
perro, psicólogo ni whisky
y yo quería, os prometo
que yo quería al menos
un dichoso perrito
que me sacara a pasear
todas las mañanas
todas las noches
pero qué puedo hacer
sin perro psicólogo ni whisky
pero qué puedo hacer
si me hace más feliz
despertarme a tu lado
y que me digas

“no te vayas”.
Somos renegados
que ofrecemos discordia,
somos hijos de los errores
y amantes de los perdones
porque nos queremos perdonar.

Somos pasión
que no se pierde,
mordisco en la garganta
para no gritar.

Somos terroríficos
que piensan en un pasado,
somos valientes manos
con sus uñas transparentes
para arañar nostalgias.

Somos poesía
que no se aprende,
palabras en la garganta

para no gritar.
Se cruzan conmigo por la calle, 
me miran, me sonríen
sin conocerme.
Qué más da.
Ellos son un decorado.
Hombres que acechan,
ridículos
que no saben a quién miran.
No tienen ni idea
pero yo se lo diré:


observad,
aquí, 
un saco de lágrimas, 
un vagón vacío
repleto de historias, 
una caja de música
sin clave de sol, 
una búsqueda incansable
llamada soledad.